La mañana era fría, el viento soplaba muy fuerte, la arena se
levantaba y lograba revestir algunos botes que se encontraban en la playa. Era
inusual que esto ocurriera durante el verano en las costas del Caribe, de todas
formas no pareció importarle al señor Thomas, un pesquero con experiencia,
nacido en La Habana pero ahora establecido en Kingston, Jamaica.
El señor Thomas tenía un pequeño navío, ideal para salir de
pesca. Trabajaba junto a sus dos acompañantes, Liam y Robert, con los que
salían dos veces por semana, cerca de aguas profundas, para encontrar peces y
en algunas ocasiones tiburones para vender su piel a los comerciantes locales.
Esa mañana fría y ventosa, los tres marineros salieron en
busca de su sustento diario, sin importarles mucho las condiciones climáticas
de ese día. El señor Thomas confiaba plenamente que aquel día sería ideal para
encontrar peces en mar adentro, pero más confianza tenía en su barquito.
Los pescadores de la zona les advirtieron que era peligrosa
esa travesía, les sugirieron quedarse en la playa, porque su pequeño barco no
iba a soportar el fuerte oleaje. De todas formas, no le importó al señor Thomas
y zarpó con sus fieles acompañantes en su barquito a mar abierto.
Pasaron las horas y el clima empeoró. Los marineros no
volvían y el pueblo estaba preocupado y decían que habían muerto. Más tarde,
aparecieron a orillas de la playa, al este de Kingston, cargados con gran
cantidad de pescado y también con joyas. La sorpresa fue notoria, entre los pescadores
y el pueblo, pues el barquito soportó la tormenta y fue rumbo al este, guiado
por una corriente cálida que termina en las costas de Tulum, un antiguo
asentamiento Maya que no había sido descubierta hasta ese día.
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